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lunes 1 de junio de 2009

De elefantes, hombres y gatos

A. colgó el teléfono y entonces me lo contó. Habíamos salido a fumar fuera. El, de pie, yo sentado en un banco que gentilmente el Ayuntamiento nos había colocado a la puerta del trabajo. El perro del vecino, me dijo, había entrado en su casa y había matado a la gata. Fue sólo unos instantes, pero suficientes para la escabechina. La volteó por el aire y la mordió con saña, sin ningún sentido, sólo por el placer de la sangre. El corazón de la gata había quedado desplazado. Estaba herida de muerte. Pero eso no fue lo que más me impresionó. A. me dijo que los gatos cuando presienten la muerte no te miran a la cara. Su gata renqueante por la casa hurtaba la mirada a los demás, como si se avergonzara de morir. Buscó un sitio escondido y allí esperó.
Ese pudor ante la muerte me impresionó. Hay una sabiduría de la naturaleza que hace predecir los momentos y uno se autodesconecta como un electrodoméstico. Pero el pudor del animal que no se atreve a mirar a los ojos me parece algo tan hermoso y triste que todavía no lo encajo.
Dicen que los elefantes hacen igual. Simplemente vuelven la grupa y se dirigen a un sitio que debe estar grabado en su mapa genético como un gps. Y los humanos igual. Una vez conocí a un hombre que, gravemente enfermo, desaparecía de la vista de su familia durante un tiempo. Al principio eran períodos breves y luego cada vez más largos. El decía que se iba de viaje de negocios, pero en realidad ingresaba en un hospital. Y los períodos se fueron alargando inevitablemente. Otros portan su fecha de caducidad con una dignidad asombrosa, sin cambiar sus hábitos y sin decir nada. Es impresionante saber que se van y guardan la naturalidad de la rutina, esa misma que despreciamos a diario, como si nada ocurriera. Pero es hermoso porque en el fondo es una deferencia a los demás y acto de humildad con la vida. Vivimos de prestado, decían en aquella película.
Como es hermoso el hombre, al que también conocí, que utilizaba como punto de lectura una foto de su mujer, sin haberla dicho nunca nada. No era un hombre próldigo en palabras tiernas. Obviamente, ella lo sabía y cuando a la noche, cuando él leía y pasaba las páginas, y ella lo observaba, algo se la conmovía por dentro al verlo. Había tanta ternura y amor en aquel gesto de pudor. No era el acto en sí, sino el pudor de hacer y guardarlo para uno mismo.
El exhibicionismo de la pena es tentador. Pero están los que sufren y no dicen nada. Largas noches vacías esperando una llamada que no llega, solitarias borracheras, tristeza infinita y baja autoestima y al día siguiente sonrientes, como si nada. Por lo general, a todos, y más a los que presumen de fidelidades inquebrantables y amistedes más allá de la muerte, les importa un carajo los demás. Pocos consienten que las penas de otro les amarguen una noche de juerga y nada es más desagradable para sus oídos que descolgar el teléfono y oír problemas. Se les reconoce porque porque presumen de generosidad pero no hablan más que de sí mismos. En ese mundo multicolor, la melancolía es un cante. Pero están los que se consumen sin decir ni un ay, como el gato de A. o el paquidermo o el viajante de negocios o el esposo tímido y ese gesto, íntimo, sencillo, cargado de pudor y humildad, quedará diluido en el tiempo sin que trascienda. En el pudor ante la adversidad el hombre y la mujer se crecen y sólo desearía que cuando me tocara a mí tuviera la dignidad suficiente para hacer mutis por el foro de una manera discreta, como los grandes actores.

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