Veo a mi hija tocar la viola. Su pequeña mano se desplaza por el mástil del instrumento con precisión. Es una mano blanca, recíén estrenada, pequeña. Dentro de ella la savia de los años puja y la expande, sin que sea perceptible a la vista. La observo y me admiro de mí mismo. Yo creé esa mano? Puedo decir que esa mano ha salido de mí? Yo no sé tocar la viola, pero su mano sí. La precisión, el sentido del ritmo, la delicadeza, de dónde proceden? Son míos? Son de ella? En qué momento lo que es de uno deja de serlo y tiene autonomía propia? Esa mano procede de mí, pero no procede de mí. Cuando concebí esa mano no puse en ese acto la música ni las millones de acciones que realizará.
Cuando veo su mano, veo la mía, pero no es la mía. Ni siquiera mi mano es mía. Es la mano de mi padre, y de mis abuelos. Es una mano que se remonta siglos atrás y que continuará siglos después. Es la misma mano que se reencarna mientras las anteriores desaparecen o se arrugan. Y esa mano realiza acciones diversas en su larga vida reencarnada. Ha cavado la tierra, ha pescado en Gran Sol, ha dibujado, ha nadado en ácidos, ha pintado cuadros e insolado fotolitos, ha escrito, ahora toca la viola, mañana tejerá o proyectará rascacielos.
La mano, como la vida, es un discurso. Tiene memoria y tiene imaginación, tiene pasado y tiene futuro, nos pertenece y no es nuestra, acumula saberes y desarrolla otros. Como nosotros. Nuestras vidas forman parte de un mismo discurso narrativo. Somos un largo relato, un diálogo con la naturaleza. Todo desaparecerá y se mantendrá. Es una suerte de inmortalidad, lo más parecido a prolongarse en el tiempo, como el recuerdo y los proyectos, siempre adelante y atrás, siempre empujados por la misma savia que quiere perpetuarse.
Así que de quién es esa mano? De sí misma. Nada nos pertenece realmente.
jueves 25 de junio de 2009
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2 comentarios:
Nada nos pertenece, pero alguna vez contribuimos a que algo existiera
como diría robert redford en la película: estamos de paso
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