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jueves 4 de junio de 2009

Sin título XIV

El mecanismo para abrir era protuberante y tenía forma de seta. Estaba en la pared, justo al lado del portón de salida. El Oscuro la aleccionó sobre cómo debía oprimirlo para abrir y sobre todo cuándo debería hacerlo. Ella estaba ciega y no tenía miedo a la oscuridad del interior, por más que una tenue luz, de algún cuadro de mando en vela iluminara pálidamente el habitáculo. Estaba acostumbrada a prescindir de la claridad, pero eso no quería decir que no advirtiera el aire cargado, el extraño silencio del exterior y la inusual prolongación de aquel juego que -todo hay que decirlo- era bastante aburrido. Pero los niños aman el caos de la misma manera que necesitan el orden. El Oscuro simbolizaba el orden del exterior, el juego era ciertamente caótico.
La dejó abrigada y aferrada a su cuchillo de hoja lisa y afilada. Luego él se despidió de ella y la confió un papel doblado que siempre llevaba consigo. Lo extrajo de su bolsa y lo depositó en su mano. Acto seguido, dio un golpe a la seta y el portón se abrió.
Fuera del blindado reinaba la oscuridad de la noche. Focos del exterior horadaban como perros olisqueadores por las rendijas que habían dejado las planchas y barrían lo que quedaba en pie del carrejo a donde había ido a parar el vehículo de forma poco creíble.
El primer golpe lo recibió en la base del cuello cuando cerraba el portón desde fuera. Sintió un objeto duro y pesado que lo impactó por la espalda. Si un tren fuera de control lo hubiera embestido no le habría sorprendido tanto. Su herida era su descuido. No había oído nada, simplemente llegó y dejó de estar. Trastabilló sin tener un sentido claro de a dónde se dirigía. En esas estaba, aturdido, desorientado, lacerado por un dolor punzante que le subía y bajaba como una montaña rusa, cuando el segundo golpe lo dejó sin respiración a la altura de las costillas, en ese espacio de piel suave que suelen cubrir los brazos al caer.
El tercer golpe lo derribó. Antes de perder el conocimiento vio la silueta de un hombre corpulento que se aproximaba con un segmento de balaústre en la mano. Lo siguiente que sintió fue cómo tiraban de él escaleras arriba y la cabeza repiqueteaba sobre cada peldaño. El cerebro le iba a estallar. Lo sentía como una esponja reseca, igual que una mañana de resaca. Los sudores habían vuelto y la rabia también. Miró frente a sí mientras la mano grande tiraba de sus 90 kilos escaleras arriba.
A medida que volvía en sí sus miembros parecieron cobrar vida propia. Las manos se aferraban a cualquier objeto asible, desesperadas, veloces, pero la garra que lo tenía prensado se limitaba a tirar más fuerte de él, como si sus fuerzas no tuvieran libre. Y ambos continuaron con la ascensión.
En un momento dado, el rostro se volvió y pudo ver su cara horriblemente quemada por el incendio. Era el maitre sin lugar a dudas, con su acompañamiento de estertores y hedor a putrefacción y maldad.

1 comentarios:

escéptico dijo...

Sigo buscando el final de la historia de Oscuro. Las historias de otros que le acompañaban ya quedaron atrás. Buena litaratura.

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