Lo había visto adelantarlo a la altura de su cabeza y esperarlo abajo como si tal cosa. Se detuvo y reculó pero antes de llegar arriba, aquel ser había hecho lo propio y lo esperaba con mansedubre. Podían haber jugado un rato más, entre el arriba y el abajo, pero El Oscuro decidió cargar contra él. Su mano cerrada se hundió en la carne gelatinosa sin encontrar obstáculo. Como golpear al agua. Y cuando lo volvió a encontrar se topó con un cuerpo duro y metálico sobre el que se estrellaron sus dedos. Dolorido aún, apenas puso resistencia cuando las manos del engendro lo asieron y lo arrojaron por el hueco de la escalera, pero de tal modo que cuando se veía caer en el vacío, la misma mano volvió a aprisionarlo por un tobillo. Sólo cinco dedos bastaban para sus noventa kilos, derroche de reflejos y fuerza que lo dejó colgando como un insecto patalente y a punto de ser ensartado en el espeluznante álbum de entomólogo de aquella cosa.
Lo arrojó como un fardo en la oscuridad del gran salón horadado por luces que revelaban su arquitectura espectral y devastada. El árbol y sus frutos habían desaparecido y tras la puerta pujaba el calor de un fuego que bajaba del piso de arriba atolondrado y mohíno ante cualquier obstáculo. Una película de humedad exudaba de las paredes y densificaba el aire que se hacía irrespirable. El piso era un légamo de desperdicios y desechos humanos. La criatura, con exquisitez, cerró la puerta tras de sí y, acto seguido, saltó sobre él mostrando una dentadura perfecta y blanca, pero desencajada de sí, que le precedía en su afán caníbal.
Buscó refugió bajo la mesa. Se echó a rodar para esquivar su abrazo y su dentellada. La mesa de madera maciza fue retirada con un estrépito de vajilla y cubiertos desperdigados por la estancia como las cucarachas se dispersan al encender la luz. Giró entorno a ella en un duelo de miradas, el uno excitado, el otro tranquilo, seguro de sí. Cuando lo tuvo junto a la pared empujó la mesa para aplastarlo, pero en vez de hacerlo, el humanoide saltó y reptó por pared y techo para ir a caer a sus espaldas. Por pocas escapó de la dentellada, reptando bajo la pieza de madera de nuevo. Ahora él estaba contra la pared y esperaba la embestida, pero su contrincante se limitó a tomar el mueble por una de sus patas y lo arrojó lejos de sí como si fuera de papel al centro de la pieza. Despejado el camino, abrazó a El Oscuro y lo levantó por los aires, mientras sus dientes se clavaban en la carne sobre la clavícula y arrancaban un buen pedazo.
Intentó zafarse con un golpe en el cuello, pero si relajó la presa fue porque quería no acabar pronto. La bestia se limitó a arrojarlo como un desecho y lo proyectó hasta el centro de la estancia. Los huesos crujieron al caer, sin romperse ninguno, pero entre la sangre que perdía, el dolor lacerante que lo desgarraba y la violencia del golpe quedó rígido y maltrecho. Se arrastraba como una babosa dejando un caminito de sangre tras de sí. Buscaba la protección de la mesa que milagrosamente había quedado en pie.
Mientras esto hacía, la criatura tomó una silla derribada, la puso en pie y se limitó a esperar sentado con las piernas cruzadas. Cuando El Oscuro extrajo su arma corta del zurrón, aquél se limitó a reír. Le preguntó si también él había traído sus juguetes. Sin que el otro se moviese del sitio, la muñeca con la que empuñaba el arma empezó a girar. Y lo hizo hasta que la mano dio completamente la vuelta. Gritó de dolor al quebrársele el antebrzo. Como no se desprendiera del arma, un calor súbito le sucedió. La Glock es una pistola de cerámica y necesita cientos de grados para fundirse y lo estaba haciendo delante de sus ojos. Cuando no pudo soportar más el dolor, la soltó, sin dejar de advertir que el arma seguía consumiéndose y se licuaba en el suelo.
Una cerillera, con cofia, delantal y una bandeja se inclinó ante él para ofrecerle su mercancía:
-Tengo ósculos de todos tipos. Mi recomendación, caballero, es que elija los de tipo helicoidal, pero no estoy autorizada a decirle lo que tiene que hacer. ¡Qué presunción por mi parte! Pero si no le apetece un beso, tal vez refiera un suspiro o una caricia lenta o, quizás, un orgasmo. ¿Cómo lo desea el caballero? ¿Múltiple? ¿Lento y profundo? ¿Express? Oh, pero no me mire así, yo no estoy autorizada.
El látigo chasquó tras la cerillera y El Oscuro vio a su padre avanzar bajo los focos, vestido de maestro de ceremonias: Chaqué rojo con alamares, chistera y la cara de albayalde en la que brillaban rojos labios gordezuelo.
-Aquí está mi hijo -y chasqueó el látigo por segunda vez-. ¡Nunca hice carrera de él! -murmullos en las gradas-. Es perezoso, violento y amargado. ¿A dónde voy con semejante equipaje?
Su madre, vestida como en las soirés ante el piano en Orán, se aproximó también.
-Hijo -manifestó-, ¿has visto cómo te has puesto el jersey?
-¡Lo que yo decía! -chasqueó el padre el látigo-. ¡Ningún negocio! -risas del público.
-¿Un orgasmito rápido, tal vez? -terció la cerillera.
Pero la madre ya tomaba la palabra:
-Debes ponerte una camisa limpia y asearte. ¿Qué va a pensar este caballero de nosotros?
El caballero, sentado en su silla, sonreía educadamente mostrando todos los dientes.

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