Sertorio no vive aquí
jueves 16 de julio de 2009
Papá
tuvo tal dolor de cabeza
que se pegó un tiro
al principio nos preocupamos
lavamos su herida en la sien
que milagrosamente dejó de manar
luego el hombre intentó volver a la rutina
nunca fue demasiado hablador
así que no llamó mucho la atención
que no hablara y dejara de respirar
tenía costumbres sencillas el buen hombre
por lo que paseó discretamente
su agujero en la sien
que rara vez manaba
aunque nunca parecía sanar del todo
en casa le dábamos siempre un pañuelo limpio
sus amigos ni se daban cuenta
que mi pobre papá
tuviera la mirada perdida
un absoluto desdén por las chicas
y un desmedido afán por acabar
creo recordar que papá y yo
alguna vez nos reímos juntos
le gustaba meterse el dedo en la sien y bromear
se hacía pasar por loco pero estaba bien cuerdo
decía que su causa estaba perdida
que es lo mismo que digo yo ahora
cuando ya no existe más mi papá
domingo 12 de julio de 2009
lunes 6 de julio de 2009
La reina leonor ordena azotar a sus remeros
preguntaba la reina leonor a sus remeros
mientras araban las aguas del canal
todas las noches le pedía al buen dios
que le mandara una larga enfermedad
por eso iba desnuda bajo el armiño
preparada por si se retorcía de pánico
por eso empuñaba la larga vara aquitana
por eso tomaba un alto en su peregrinar
y decoraba las espaldas de sus bateleros
con las mejores lonchas de desesperación
antes de que se pudran los regalos sin abrir
domingo 5 de julio de 2009
Lázaro vuelve
se encontró con sus hermanas (que eran tres)
lázaro como un recién nacido con recuerdos
parecía aún por estrenar pero tenía apetitos
rápido volvió a la casa que ya no lo esperaba
y sobre el fuego apagado halló aún tibios
los restos de la comida que nunca debió ver
y hondamente conmovido acabó por despertar
al alcanzar las cosas destinadas a sobrevivirlo
sábado 4 de julio de 2009
Incidente en baker street
rápidamente puse a hervir todas mis preocupaciones
ladrón! ladrón! grité mientras buscaba mi secador de pelo
no vive aquí la hermosa arlesiana? me preguntó con enojo
(una pizza giraba en el picú a 33 rpm)
al momento dio la vuelta y marchó sobre su espada
emocionado mi esófago destiló agua como un manantial
me lavé la cabeza dos veces para quitar toda la dulzura
y puse mi corazón a remojo por si volvía a equivocarse
ahora entretengo la espera pelando judías y patatas
de vez en cuando me asomo a la ventana
y veo arles
jueves 25 de junio de 2009
La memoria de las manos/Las manos de la memoria
Cuando veo su mano, veo la mía, pero no es la mía. Ni siquiera mi mano es mía. Es la mano de mi padre, y de mis abuelos. Es una mano que se remonta siglos atrás y que continuará siglos después. Es la misma mano que se reencarna mientras las anteriores desaparecen o se arrugan. Y esa mano realiza acciones diversas en su larga vida reencarnada. Ha cavado la tierra, ha pescado en Gran Sol, ha dibujado, ha nadado en ácidos, ha pintado cuadros e insolado fotolitos, ha escrito, ahora toca la viola, mañana tejerá o proyectará rascacielos.
La mano, como la vida, es un discurso. Tiene memoria y tiene imaginación, tiene pasado y tiene futuro, nos pertenece y no es nuestra, acumula saberes y desarrolla otros. Como nosotros. Nuestras vidas forman parte de un mismo discurso narrativo. Somos un largo relato, un diálogo con la naturaleza. Todo desaparecerá y se mantendrá. Es una suerte de inmortalidad, lo más parecido a prolongarse en el tiempo, como el recuerdo y los proyectos, siempre adelante y atrás, siempre empujados por la misma savia que quiere perpetuarse.
Así que de quién es esa mano? De sí misma. Nada nos pertenece realmente.
jueves 18 de junio de 2009
Sin título (XV)
Lo había visto adelantarlo a la altura de su cabeza y esperarlo abajo como si tal cosa. Se detuvo y reculó pero antes de llegar arriba, aquel ser había hecho lo propio y lo esperaba con mansedubre. Podían haber jugado un rato más, entre el arriba y el abajo, pero El Oscuro decidió cargar contra él. Su mano cerrada se hundió en la carne gelatinosa sin encontrar obstáculo. Como golpear al agua. Y cuando lo volvió a encontrar se topó con un cuerpo duro y metálico sobre el que se estrellaron sus dedos. Dolorido aún, apenas puso resistencia cuando las manos del engendro lo asieron y lo arrojaron por el hueco de la escalera, pero de tal modo que cuando se veía caer en el vacío, la misma mano volvió a aprisionarlo por un tobillo. Sólo cinco dedos bastaban para sus noventa kilos, derroche de reflejos y fuerza que lo dejó colgando como un insecto patalente y a punto de ser ensartado en el espeluznante álbum de entomólogo de aquella cosa.
Lo arrojó como un fardo en la oscuridad del gran salón horadado por luces que revelaban su arquitectura espectral y devastada. El árbol y sus frutos habían desaparecido y tras la puerta pujaba el calor de un fuego que bajaba del piso de arriba atolondrado y mohíno ante cualquier obstáculo. Una película de humedad exudaba de las paredes y densificaba el aire que se hacía irrespirable. El piso era un légamo de desperdicios y desechos humanos. La criatura, con exquisitez, cerró la puerta tras de sí y, acto seguido, saltó sobre él mostrando una dentadura perfecta y blanca, pero desencajada de sí, que le precedía en su afán caníbal.
Buscó refugió bajo la mesa. Se echó a rodar para esquivar su abrazo y su dentellada. La mesa de madera maciza fue retirada con un estrépito de vajilla y cubiertos desperdigados por la estancia como las cucarachas se dispersan al encender la luz. Giró entorno a ella en un duelo de miradas, el uno excitado, el otro tranquilo, seguro de sí. Cuando lo tuvo junto a la pared empujó la mesa para aplastarlo, pero en vez de hacerlo, el humanoide saltó y reptó por pared y techo para ir a caer a sus espaldas. Por pocas escapó de la dentellada, reptando bajo la pieza de madera de nuevo. Ahora él estaba contra la pared y esperaba la embestida, pero su contrincante se limitó a tomar el mueble por una de sus patas y lo arrojó lejos de sí como si fuera de papel al centro de la pieza. Despejado el camino, abrazó a El Oscuro y lo levantó por los aires, mientras sus dientes se clavaban en la carne sobre la clavícula y arrancaban un buen pedazo.
Intentó zafarse con un golpe en el cuello, pero si relajó la presa fue porque quería no acabar pronto. La bestia se limitó a arrojarlo como un desecho y lo proyectó hasta el centro de la estancia. Los huesos crujieron al caer, sin romperse ninguno, pero entre la sangre que perdía, el dolor lacerante que lo desgarraba y la violencia del golpe quedó rígido y maltrecho. Se arrastraba como una babosa dejando un caminito de sangre tras de sí. Buscaba la protección de la mesa que milagrosamente había quedado en pie.
Mientras esto hacía, la criatura tomó una silla derribada, la puso en pie y se limitó a esperar sentado con las piernas cruzadas. Cuando El Oscuro extrajo su arma corta del zurrón, aquél se limitó a reír. Le preguntó si también él había traído sus juguetes. Sin que el otro se moviese del sitio, la muñeca con la que empuñaba el arma empezó a girar. Y lo hizo hasta que la mano dio completamente la vuelta. Gritó de dolor al quebrársele el antebrzo. Como no se desprendiera del arma, un calor súbito le sucedió. La Glock es una pistola de cerámica y necesita cientos de grados para fundirse y lo estaba haciendo delante de sus ojos. Cuando no pudo soportar más el dolor, la soltó, sin dejar de advertir que el arma seguía consumiéndose y se licuaba en el suelo.
Una cerillera, con cofia, delantal y una bandeja se inclinó ante él para ofrecerle su mercancía:
-Tengo ósculos de todos tipos. Mi recomendación, caballero, es que elija los de tipo helicoidal, pero no estoy autorizada a decirle lo que tiene que hacer. ¡Qué presunción por mi parte! Pero si no le apetece un beso, tal vez refiera un suspiro o una caricia lenta o, quizás, un orgasmo. ¿Cómo lo desea el caballero? ¿Múltiple? ¿Lento y profundo? ¿Express? Oh, pero no me mire así, yo no estoy autorizada.
El látigo chasquó tras la cerillera y El Oscuro vio a su padre avanzar bajo los focos, vestido de maestro de ceremonias: Chaqué rojo con alamares, chistera y la cara de albayalde en la que brillaban rojos labios gordezuelo.
-Aquí está mi hijo -y chasqueó el látigo por segunda vez-. ¡Nunca hice carrera de él! -murmullos en las gradas-. Es perezoso, violento y amargado. ¿A dónde voy con semejante equipaje?
Su madre, vestida como en las soirés ante el piano en Orán, se aproximó también.
-Hijo -manifestó-, ¿has visto cómo te has puesto el jersey?
-¡Lo que yo decía! -chasqueó el padre el látigo-. ¡Ningún negocio! -risas del público.
-¿Un orgasmito rápido, tal vez? -terció la cerillera.
Pero la madre ya tomaba la palabra:
-Debes ponerte una camisa limpia y asearte. ¿Qué va a pensar este caballero de nosotros?
El caballero, sentado en su silla, sonreía educadamente mostrando todos los dientes.
martes 16 de junio de 2009
Nerón ensaya venenos con los esclavos
Nerón ensayaba venenos con los esclavos. Era un científico sin saberlo, un investigador.
El tío de Hamlet vertíó veneno en el oído de su padre. El resto ya es de sobra conocido.
El dios de la Bioquímica, gota a gota, destila su veneno en cientos de gargantas todas las mañanas. Loor al dios de la Bioquímica, Mitrídates de los prospectos, Nerón tan poco shakesperiano...
sábado 13 de junio de 2009
Fiesta en la casa de los que ríen
Con tu penacho de luces
con tus joyas vencidas
en tu pecho adolescente
no estás harta de ser ti misma?
no callará
la tribu de los que desaconsejan
mas nunca están?
no desearías
como caldo tibio en noche gélida
que algo auténtico despertara
la gran casa dormida?
In ictu oculi
Se sabe el principio, no el final
los finales son incontrolables
el caos dentro del orden
la violencia oculta en la realidad
In ictu oculi, En un abrir y cerrar de ojos, de Greta Alfaro, Premio El Cultural.
viernes 12 de junio de 2009
Necesitar/Prescindir
Necesitar. Prescindir. Si necesitas, malo; si prescindes, peor. Cómo romper el círculo? El quería romper. Ella no entendía nada. Te dejo porque me necesitas, le dijo. Esa sí que es una frase. Hay que ser un cabronazo para decir esa frase. Te dejo porque me necesitas, ergo Si no me necesitas no te dejaría. Pero si eres prescendible, qué eres? Cuanto más peor, pero cuanto menos es camino de nada. Por un lado y por el otro, la nada.
Amar. La proteína del sentimiento. Prescindir. Caquexia.
Necesitar/prescindir
martes 9 de junio de 2009
sábado 6 de junio de 2009
Redundancias
Fumar un cigarrillo y desear enceder un cigarrillo
Estar con una persona y desear estar con esa persona
Las dos primeras son tautológicas, un pleonasmo en toda regla. La tercera es un oxímoron
Ninguna de las tres puede saciarse. El cojo seguirá siendo cojo después de que se le cure el pie; por más que fume un cigarrillo detrás de otro, el fumador seguirá teniendo ganas de fumar; la soledad del tercero no se curará con compañía.
viernes 5 de junio de 2009
jueves 4 de junio de 2009
Sin título XIV
La dejó abrigada y aferrada a su cuchillo de hoja lisa y afilada. Luego él se despidió de ella y la confió un papel doblado que siempre llevaba consigo. Lo extrajo de su bolsa y lo depositó en su mano. Acto seguido, dio un golpe a la seta y el portón se abrió.
Fuera del blindado reinaba la oscuridad de la noche. Focos del exterior horadaban como perros olisqueadores por las rendijas que habían dejado las planchas y barrían lo que quedaba en pie del carrejo a donde había ido a parar el vehículo de forma poco creíble.
El primer golpe lo recibió en la base del cuello cuando cerraba el portón desde fuera. Sintió un objeto duro y pesado que lo impactó por la espalda. Si un tren fuera de control lo hubiera embestido no le habría sorprendido tanto. Su herida era su descuido. No había oído nada, simplemente llegó y dejó de estar. Trastabilló sin tener un sentido claro de a dónde se dirigía. En esas estaba, aturdido, desorientado, lacerado por un dolor punzante que le subía y bajaba como una montaña rusa, cuando el segundo golpe lo dejó sin respiración a la altura de las costillas, en ese espacio de piel suave que suelen cubrir los brazos al caer.
El tercer golpe lo derribó. Antes de perder el conocimiento vio la silueta de un hombre corpulento que se aproximaba con un segmento de balaústre en la mano. Lo siguiente que sintió fue cómo tiraban de él escaleras arriba y la cabeza repiqueteaba sobre cada peldaño. El cerebro le iba a estallar. Lo sentía como una esponja reseca, igual que una mañana de resaca. Los sudores habían vuelto y la rabia también. Miró frente a sí mientras la mano grande tiraba de sus 90 kilos escaleras arriba.
A medida que volvía en sí sus miembros parecieron cobrar vida propia. Las manos se aferraban a cualquier objeto asible, desesperadas, veloces, pero la garra que lo tenía prensado se limitaba a tirar más fuerte de él, como si sus fuerzas no tuvieran libre. Y ambos continuaron con la ascensión.
En un momento dado, el rostro se volvió y pudo ver su cara horriblemente quemada por el incendio. Era el maitre sin lugar a dudas, con su acompañamiento de estertores y hedor a putrefacción y maldad.
miércoles 3 de junio de 2009
Sin título (cita)
en su hogar está el marinero de vuelta de la mar,
y en su hogar el cazador de vuelta de las montañas
Epitafio. Robert Louise Stevenson
martes 2 de junio de 2009
Sin título (XIII)
-Mi fuerza y mi tesón -se repetía mientras los recuerdos pasaban fugaces por su cabeza como las páginas de un libro amarillento y se adentraba en la oscuridad que olía a formol y aldheído y polvo solidificado en las paredes.
El recuerdo de un barco y su crespón negro le cruzó la mente y le sucedieron imágenes en las que no se reconocía. Había tenido momentos de placer y también su reverso, como una moneda que alguíen siempre se cobra. Por toda aquella felicidad de entonces había pagado con creces, porque siempre hay un precio que pagar. Ahora, a sus 35 años, le había llegado el momento de liquidar su deuda, mientras sujetaba la Gluck o, mejor dicho, el arma tiraba de él como poseído por un iman. Se quedaría, pensó, con tres o cuatro imágenes, que sacó de un cofre que tenía guardado en un rincón de su palacio de la memoria: un cielo rojo rabioso tras las montañas, la cara de ella sobre la almohada transfigurada por el placer, el sabor de una taza de vino blanco, cuando aún tenía sabor para él, junto a un mar bañado de olas, el olor de su madre, en cuya cama siempre buscaba el perfil por ella ahuecado y abandonado pero todavía caliente. Toda aquella sangre puesta en pie durante tanto tiempo, todo aquel batallar durante años para acabar recordando imágenes que habían perdurado tan sólo unos minutos.
-Mi perfumero.
Abrió la puerta y descubrió un cuarto antiguo de niños con juguetes nuevos. Con las piernas flexionadas en tensión esperó un movimiento entre las sombras que no se produjo. Abrió la puerta de al lado y descubrió el cuarto de la caldera y, a sus pies, dos grandes latas de gasoil. Guiado por el oído, y comprobado que el aire se resistía a desplazarse allí dentro, franqueó el umbral para llevarse su botín.
El líquido fue derramándose a su lado mientras ascendía al piso superior. El gasoil fluía a borbotones y huía de sus pies como un monstruo marino. Ante aquella realidad, qué sentido tenían las apariciones? Hasta éstas se habían replegado en el interior de su cabeza frente a una realidad que las superaba con creces. Sólo guardaba sitio entonces para un doble afán: pagar y hacer pagar.
En la planta superior se concentraban las antiguas habitaciones, ahora escenario de telones rancios y puertas carcomidas. Pero había una pieza distinta. Una luz tenue se aventuraba hasta el pasillo. Era grande la pieza, advirtió una vez dentro, iluminada con candelabros que apestaban a parafina y un piano vertical a un lado. La habitación había sido ocupada recientemente y sobre una gran mesa estaban los restos de un banquete: vísceras humanas, intestinos y vasijas con líquidos en torno a un delicado servicio de menaje inglés. A su derecha, un maniquí portaba su guerrera de gala del regimiento de cazadores de montaña y bajo sus pies, ebria de gasoil, una alfombra con el mismo tacto que el césped recién cortado.
Se aproximó al piano y tomó la partitura. La sonata Kreuzberg. Sonrió reconociendo que aquella cosa tenía sentido de la ironía. Y con manos temblorosas se sentó al piano y confundido por la turbamulta de recuerdos empezó a tocar. Se tomó su tiempo allí sentado, con los pies desnudos accionando los pedales y el sempiterno macuto colgado a su lado como una peladura inservible de su cuerpo. La casa guardaba silencio como si escuchase y se empapara de nuevos sonidos, pero gentilmente nada lo interrumpió. Cuando consideró que había tenido bastante, se incorporó y agotó el depósito de gasolina sobre el piano, los muebles y las viandas. Arrojó lejos de sí el recipiente y buscó en su bolsa los cigarrillos, uno de los cuales encendió en la llama de una de las luminarias.
No necesitaba volverse para saber que estaba allí. El olor pestífero, el estertor, la sensación casi física de una presencia estaban por doquier. Se volvió. En efecto, allí estaba, cubierto de sombras en el umbral de la estancia. Lo miraba tranquilamente, con el pensamiento vacío, mientras fumaba. Luego las sombras se despegaron de un cuerpo y el maitre avanzó hasta él con su chaqué impecable y el cacillo tintineando sobre el cinturón de plata.
El Oscuro levantó su arma y se la llevó a la sien. El maitre se detuvo y lo miró jadeante, como un perro al que se le arrebata un jugoso filete.
-No! exclamó con una voz prestada, bajo la cual, como los graves de una partitura, oíase el estertor acompasando las palabras-. Todavía, no!
El Oscuro bajó el arma y la guardó en su bolsa. Una de sus manos desnudas caía languidamente sobre la pierna, sin tensión; la otra, sostenía el cigarrillo. Coincidió que avanzara el hombre con que arrojara con displicenca el cigarrillo con su brasa a los pies de aquél. Una pavesa aquejada de gigantismo iluminó la estancia, sin que El Oscuro lo viera porque ágilmente saltó hacia un lado, justo a tiempo para evitar la arremetida de una antorcha dotada de vida, y saltó por sobre la mesa, atravesando la ventana y dejando tras de sí un rastro de carne quemada y alaridos que nunca hubieran salido de una garganta humana o animal.
El balcón que esperaba encontrar lo recibió pero varios metros más abajo de lo que esperaba. En el exterior, se evadía la tarde y desde varios puntos le llegaron silbidos que impactaban sobre su cabeza y levantaban apuntes de sillería y revoco. No se detuvo para ver tras de sí, sino que continuó en su huida. Había una balconada corrida en la planta inferior, la que llevaba a la gran biblioteca, y allí estaba llamándolo. Sacó fuerzas de donde no había y voló hacia lo alto y en profundidad hasta que cayó rodando y desapareció en el interior de la casa dejando atrás vidrio encharcado, sangre de piel lacerada y un hedor a gasoil.
Cruzó velozmente la biblioteca, no sin antes advertir que el cuerpo de Mira no lo había esperado. Pero no había momento que perder ante un comensal impaciente. Siguió bajando y entró en el gran comedor en donde una visión le hizo titubear siquiera un segundo. Del techo pendía boca abajo un frondoso árbol con la copa apenas a metro y medio del piso. Era de un verde clorofila resplandeciente y hundía sus raíces en el cielorraso. De él pendían como manzanas sazonadas de calor los cuerpos del pelotón de rescate y sus compañeros huérfanos de vida. Se deshizo de aquella imagen poderosa y buscó el montacargas. Cuando lo encontró accionó el interruptor y la electricidad y los dioses de la mecánica depositaron ante él el cuerpo de la niña, encogido por el sueño pero con el cuchillo aún en la mano.
-Quién ha ganado? -preguntaba cándidamente.
Cruzaron de la mano la pieza como por un bosque encatado. La niña era ciega, quedó dicho, y él había decidido no mirar aquello, pero la tentación de buscar el cuerpo de Mira pudo más que él. Ya salían por la puerta cuando supo con certeza que Mira no estaba allí, aunque entonces no podía detenerse a buscarla o pensar dónde podría estar. Lo urgente era poner a buen recaudo a la niña y cuando llegó al carrejo supo dos cosas, a saber: que ni lo que había dentro ni los que estaban fuera les dejarían pisar el exterior sin su permiso. Y nadie se lo daría.
El Oscuro, delante del BMR empotrado, con la niña de la mano y las planchas de acero que ocluían accesos y ventanas, pensó que aquella cosa no permitiría que abandonaran la casa vivos. Pero cabía una posibilidad inesperada, la de sobrevivir.
lunes 1 de junio de 2009
De elefantes, hombres y gatos
Ese pudor ante la muerte me impresionó. Hay una sabiduría de la naturaleza que hace predecir los momentos y uno se autodesconecta como un electrodoméstico. Pero el pudor del animal que no se atreve a mirar a los ojos me parece algo tan hermoso y triste que todavía no lo encajo.
Dicen que los elefantes hacen igual. Simplemente vuelven la grupa y se dirigen a un sitio que debe estar grabado en su mapa genético como un gps. Y los humanos igual. Una vez conocí a un hombre que, gravemente enfermo, desaparecía de la vista de su familia durante un tiempo. Al principio eran períodos breves y luego cada vez más largos. El decía que se iba de viaje de negocios, pero en realidad ingresaba en un hospital. Y los períodos se fueron alargando inevitablemente. Otros portan su fecha de caducidad con una dignidad asombrosa, sin cambiar sus hábitos y sin decir nada. Es impresionante saber que se van y guardan la naturalidad de la rutina, esa misma que despreciamos a diario, como si nada ocurriera. Pero es hermoso porque en el fondo es una deferencia a los demás y acto de humildad con la vida. Vivimos de prestado, decían en aquella película.
Como es hermoso el hombre, al que también conocí, que utilizaba como punto de lectura una foto de su mujer, sin haberla dicho nunca nada. No era un hombre próldigo en palabras tiernas. Obviamente, ella lo sabía y cuando a la noche, cuando él leía y pasaba las páginas, y ella lo observaba, algo se la conmovía por dentro al verlo. Había tanta ternura y amor en aquel gesto de pudor. No era el acto en sí, sino el pudor de hacer y guardarlo para uno mismo.
El exhibicionismo de la pena es tentador. Pero están los que sufren y no dicen nada. Largas noches vacías esperando una llamada que no llega, solitarias borracheras, tristeza infinita y baja autoestima y al día siguiente sonrientes, como si nada. Por lo general, a todos, y más a los que presumen de fidelidades inquebrantables y amistedes más allá de la muerte, les importa un carajo los demás. Pocos consienten que las penas de otro les amarguen una noche de juerga y nada es más desagradable para sus oídos que descolgar el teléfono y oír problemas. Se les reconoce porque porque presumen de generosidad pero no hablan más que de sí mismos. En ese mundo multicolor, la melancolía es un cante. Pero están los que se consumen sin decir ni un ay, como el gato de A. o el paquidermo o el viajante de negocios o el esposo tímido y ese gesto, íntimo, sencillo, cargado de pudor y humildad, quedará diluido en el tiempo sin que trascienda. En el pudor ante la adversidad el hombre y la mujer se crecen y sólo desearía que cuando me tocara a mí tuviera la dignidad suficiente para hacer mutis por el foro de una manera discreta, como los grandes actores.
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